El Cambio
Estaba caminando por el desierto hacia la cabaña del
Gran Sabio cuando me di cuenta de que esa no era la vida para mí. Aunque tuviera
un alto puesto en el pueblo, mientras más lo pensaba, más quería escapar de mi
vida como Líder del pueblo y dedicarme a una vida más pacífica.
Todo comenzó con el conflicto con la tribu vecina.
Las negociaciones salieron mal, y toda posibilidad de un acuerdo pacífico se
esfumó. El otro líder, Abdala Sajim, lanzó un ataque a una de nuestras aldeas,
y me vi obligado a responder.
La guerra fue larga y dura, ambos lados pelearon
hasta el fin. Al final, el pueblo de los Nehjarid, el que yo representaba,
resultó vencedor. La última batalla, la de las Arenas, fue particularmente
trágica. Se perdie-ron muchas vidas, de ambos bandos por igual. Aunque un
pueblo salió vencedor, ambos lados perdieron. Por sólo un conflicto, la gente
murió, y otras personas quedaron desoladas por la pérdida de sus seres
queridos.
No había tenido opción, me había visto obligado a
hacer la guerra. Si no hubiera respondido, el resultado hubiese sido peor. Pero
esto no significaba que estuviera en lo absoluto de acuerdo. Esto, en principio,
era el significado de la decisión que había tomado. Estaba cansado de la vida
que tenía.
Estaba regresando de la batalla de las Arenas cundo
me di cuenta de que quería cambiar de vida. Deshacerme de los conflictos,
guerras, conferencias, cargos, y ese tipo de cosas. Retirarme a una región
menos cálida, tal vez a las Tierras Verdes. Hacerme con una mejor vida, con una
más tranquila y pacífica.
Ahí, de donde comienza esta historia.
Crucé la cabaña de intercambio, un lugar donde la
gente intercambia-ba bienes entre sí, y pasé a la zona residencial. Sabía que
al final de ese largo camino de tierra estaría la cabaña del Gran Sabio.
Finalmente, la encontré: ahí estaba la cabaña más importante de toda la aldea. Se lucía potente ante su alrededor, con adornos de madera y tejidos de aire místico. Sentía que la casa entera me recordaba mi propósito con severidad.
Caminé unos pasos hacia la entrada de la casa y
reconsideré mi deci-sión. No habría marcha atrás. Recolecté valor, me decidí, y
di tres golpes secos en esa puerta de madera.
Pasó un rato antes de que un anciano al que conocía
me abriera la puerta. Sus movimientos eran débiles, era muy viejo y había
presen-ciado muchas cosas terribles en su vida.
-“Hola” me saludó. “Te estaba esperando”. Conocía a
esta persona, y lo más probable era que esto no fuera verdad.
-“Hola” le devolví el saludo.
-“Pasa, pasa…” me invitó, y ante esto le seguí.
Nos sentamos en una pequeña sala y me invitó un té,
al que tuve que declinar. Tenía que ir directo al grano.
“Entonces, ¿cuál es el motivo de tu visita?” me preguntó. Lo sabía perfectamente, sólo que no tenía el valor para expresarlo.
“Gran Sabio… me marcho de la ciudad”.